Las Mujeres y el hecho alimentario.

Cuando hablamos de alimentación, pareciera que comenzamos a pensar que engorda y que no, estamos tan acostumbrados a ver e ingerir que realmente no nos percatamos de los que está más allá de un plato, es como la afirmación marxista que nos dejamos encandilar por la mercancía y no percibimos todos los que participan en ella, a veces las redes de explotación, los esfuerzos y hasta el empeño para obtener ese producto final.

 

Ciertamente comer es un hecho cultural, el único mamífero que cocina para comer es el hombre y la mujer, la alimentación refleja la geografía, las costumbres, la tradición oral,  la historia de los pueblos, las migraciones, los vestigios de resistencia que persisten como protozoarios, todo se conjuga en la comida.

 

Por siglos las mujeres han sabido custodiar la herencia culinaria, han sido celosas instructoras, han sido sagrarios de conocimiento, amor y tradiciones, ellas son el mejor ejemplo del aprovechamiento de los recursos, del ingenio popular, de la búsqueda de alternativas y del logro el objetivo que es cuidar la vida, alimentar la prole, festejar y crear cotidianamente, consuetudinariamente lo que nos encuentre, lo que nos identifica,  lo que hace que formemos parte de un todo, el hecho alimentario.

 

Hoy día la guerra económica nos ha llevado a valorar alimentos más sanos, nos ha obligado a volver a nuestras raíces, a buscar alternativas donde el ingenio mezclado con la necesidad ha permitido socializar saberes que estaban dormidos, mejor dicho que el capitalismo pretendió hacernos olvidar, el rentismo petrolero nos hizo consumistas, nos vendió la idea del confort, y la practicidad sin medir consecuencias, y por ello vemos a las personas haciendo largas colas, para comprar una mayonesa, que al final es aceite  batido con huevo sal y vinagre, nos despojaron de la técnica de hacer las preparaciones, nos dijeron esto está listo, nos crearon la adicción, luego nos esconden el producto,  allí viene la crisis, nos crearon la carestía para  frustrarnos saboreando el  malestar.

 

Nuestras mujeres han sabido hacerle frente a las circunstancias, si suben la carne, preparan  pollo, suben el pollo, cómenos granos, desaparecen los granos, nos afianzamos en vegetales, no aparece la harina, comemos yuca y activamos nuestros viejos molinos, preparamos carne  de soya, le disparan el precio a esta, hacemos carne de concha de plátano, experimentamos con arepas de tubérculos, tratamos con papa, auyama, ocumo y resolvemos, compartimos las recetas, hacemos intercambios, damos talleres para apropiarnos de la técnica dentro de nuestros movimientos, como es el caso de Mujeres por la Patria, otras y otros están construyendo sus patios productivos, sus bancos de semillas, sus huertos urbanos, verticales o en barbacoa como los consejos Comunales  Naguanagua y San Blas.

La militancia de izquierda por un lado, articula experiencias como el Programa Saco, vincula los productores, se vinculan las comunas, organizan para lo socioproductivo,  se apoyan, se atreven como el caso de la EPS El Sur Existe, los colectivos de mujeres, pese a las circunstancias hay un accionar entre la gente una búsqueda permanente que se traduce en una tenacidad con un marcado aroma de mujer.

 

Esta trayectoria nos ha hecho reflexionar si lo que consumimos es realmente lo que nos nutre y entendimos que invertimos gran parte de nuestro tiempo en colas, en las cuales  hemos sido víctimas de la especulación y la inflación inducida para obtener harina refinada, grasa y dulce, cuantos comentarios escuchamos, de quienes entre ira y frustración se quejan  de: “ la falta que hace la margarina, la harina por la mañana “ y luego nos percatamos que esa grasa trans y ese grano tan refinado es el que nos enferma de colesterol triglicéridos, que la harina es otra forma de azúcar y pasamos así de la industria alimentaria a la farmacéutica.

 

Actualmente muchos centran sus esperanzas en las bolsas,  sin embargo el aprendizaje va más allá, es vernos en consistencia y con la frente en alto, hemos bajado de peso, ¡no será porque lo que ingeríamos nos infla pero no nos nutre?, eso recuerda a los cronista del tiempo de la conquista, quienes impresionados por nuestra alimentación y por supuesto despreciándola no entendían como comiendo maíz, frijoles, auyama, aguacate y ají, nuestros aborígenes estaban “robustos y rollizos”.

 

Sabemos que esta guerra es multifactorial, pero igualmente nosotras las venezolanas y venezolanos somos multipropósito y estamos de pie, en la alimentación hemos demostrado que aunque exista la necesidad de un cambio de hábitos estamos dispuestos a hacerlo a incorporarlo, a montar la puesta en escena para que se adecuadamente, por eso estas féminas solidarias, en permanente compartir y aprendizaje, se encuentran, se afianzan,  con acciones  y estrategias hacen una vez más del alimento un instrumento de resistencia.

 

Gisela Virginia Tovar

Movimiento de Mujeres por la Patria

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