Vida de Alfredo Maneiro

Farruco Sesto

 

 “Sumamente inteligente. Diría que brillante. Rápido. Como un relámpago. Especialmente dotado para el debate, con una agudeza singular para desbaratar la posición del adversario y blindar la propia, con argumentos muy originales.

 

 

“Habiendo cultivado una manera propia de ver las cosas a contracorriente de lo establecido, su pensamiento era muy crítico y para nada convencional. Por eso sorprendía a veces con los planteamientos que hacía, tanto para las grandes estrategias y orientaciones a seguir, como para los pequeños detalles.

“Era estudioso, y en cierta medida erudito en los aspectos que le interesaban, dotado de una gran curiosidad por todo, pero no era en absoluto académico en el sentido de las formalidades y acartonamientos. Por el contrario, era irreverente, imaginativo, tanto dispuesto a construir verdades por sí mismo, como a destruir falacias que vinieran rutinariamente impuestas. Y en ese sentido se mostraba intelectualmente implacable con la falsedad, la hipocresía, el doble discurso y lo poco auténtico.

 

 

“No confundía obediencia con disciplina. Lo tenía claro. No renunciaba nunca a la elaboración de una idea que le pareciera correcta, así tuviera que quedarse solo y perder parte de sus activos. Pero en realidad, sabía no quedarse solo. Tenía un gran poder de convencimiento, para quien quisiera oírlo con el corazón. Y sabía también escuchar a los demás con mucho cuidado. Nunca sacrificó la calidad por la cantidad.

 

 

“Tenía a orgullo no tener que desdecirse nunca. Por eso consideraba que la palabra, tanto la pronunciada como la escrita, era sagrada y había que respetarla mucho. Despreciaba a los recitadores dogmáticos y a los charlatanes que adaptaban su palabra a la conveniencia.

 

 

“Serio y grave en ciertos momentos especiales muy contados, por lo general hacía gala de un buen humor particular, muy divertido y en ocasiones sarcástico, con el que impregnaba los comentarios y conversaciones. Es imposible no recordar su ingenio.

 

 

“Era un hombre sencillo. Un gordito feliz de mirada limpia, que iba por la calle como uno más, pero que cargaba en el alma lo que, años más tarde, un capitán sin nombre calificó como ardimiento. Cargaba un ardimiento, una llamarada, que se extendía y contagiaba a quienes se le acercaran mucho.”

 

 

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